Prehistoria del Taller de Composición del CSMMF

(Primera parte 1984 – 1985)

Hace exactamente 34 años, un sábado por la tarde, en la Sala Alberdi (sexto piso del CC Gral. San Martín), que en ese entonces pertenecía al Conservatorio Municipal de Música Manuel De Falla, cuyas aulas y oficinas ocupaban el sexto y séptimo piso de ese edificio, comenzaba mi curso “Intercambio creativo instrumental”, que había diseñado en 1984 en el marco de propuestas y conversaciones con el querido e inolvidable colega: el Mtro. Roque De Pedro, director gral. de enseñanza artística y especial (hoy DGEART). Nos habíamos conocido en los terribles años de la dictadura cívico militar, él como crítico musical de un “gran” diario  y yo como compositor y director del grupo “Rumbos”, de música popular de cámara, como él mismo lo bautizó. Y el objetivo general del curso fue “abordar la enseñanza compositiva desde formas participativas e interactivas, más cercanas a las conductas creativas de la música popular que a las lógicas académicas”. La frase suena bien, pero, en ese momento, era puro voluntarismo, confianza no ciega pero miope y cierta valentía de época.

Inaugurábamos así, ¡en el Conservatorio!, una etapa de expansión de cursos, talleres, clínicas y seminarios que, desde varios espacios estatales y con sus diversas calidades, constituirían el gran acontecimiento pedagógico en la educación pública artística no formal de los años 80. Determinante en los diseños posteriores, universitarios y superiores, de las múltiples carreras artísticas actuales.

Volviendo a esa tarde de abril de 1985, confieso que la incertidumbre era tal, que sólo mi optimismo juvenil y una exagerada autoestima impidieron que huyera despavorido antes de subir al plateado y hermético ascensor. Sabía que no era una locura ni un delirio, pero también que era el inicio de una aventura riesgosa. No estaba solo, contaba con la colaboración de mi amigo y compañero de rutas musicales de esa etapa: el contrabajista Pastor Mora.

Sobre la práctica concreta y desde la deserción abrumadora, (quedó un solo estudiante de los doce iniciales: José Villalonga, un pianista de 18 años, luego compositor y escritor, quien atravesó, heroicamente, las distintas etapas hasta 1993),  comprendí en un bimestre, que mi incertidumbre inicial se debía a un desequilibrio entre los objetivos, sus tramas conceptuales y las metodologías de construcción y realización. Solidez de metas y endeblez del camino hacia ellas.

Entonces compré un cuaderno rojo de escuela primaria con tapa telaraña y empecé a escribir – me.

En este momento crucial del relato, que concluye esta primera parte, quiero contarles quién era yo, con qué herramientas contaba:

Era un compositor y guitarrista de 31 años que había comenzado a exponer mi música doce años antes, logrando reconocimiento y respeto en la comunidad de músicos y críticos y también de un sector del público, que era muy permeable a nuevas propuestas en la música popular instrumental. Carecía de experiencia docente, había dado clases de guitarra entre los 16 y los 20 años para costear mis estudios secundarios y de arquitectura y mi diversión. Había estudiado, comprendido e internalizado el marxismo en la militancia. Había forjado el conocimiento de otras artes en las mesas de bares que compartía con creadores de generaciones anteriores, leía, veía, percibía arte. Y era un respetuoso y concentrado escuchador tanto de músicas de distintos orígenes como de personas, nunca presté sino que ofrecí atención por interés sentido.

(continuará)