Prehistoria del Taller de Composición de CSMMF

(Segunda parte 1985)

 Sabía el por qué, el cuándo, el cuánto y el dónde, me faltaba precisar el qué y el cómo. Un conjunto que define el para qué, que esclarece el quién y el para quiénes.

  Este equilibrio entre objetivos, conceptos y metodología se denomina praxis. Una dialéctica intensa que, en experiencias innovadoras, se desarrolla a través de la experimentación, la obstinación reflexiva y la producción continua individual y colectiva.

  Estaba claro, entonces, que no se trataba de traslado de información sino de construcción de conocimiento compositivo subjetivo y colectivo. Un campo pedagógico fundacional, complejo e inusual en ese tiempo, que inauguraba la función docente de dirigir y producir campo teórico conceptual desde las prácticas, para la acumulación de conocimiento, evitando la evanescencia improvisatoria que tiende a desembocar en evaluaciones psicosensoriales y emocionales de momento, efímeras.

  Para sincerar digo que lo expuesto estaba en mi cabeza pero nebuloso, mi cuaderno tenía más gráficos que palabras. Merodeaba esa idea.

  Volviendo a junio de 1985, con un solo estudiante con el que trabajábamos, claro: una música solista para piano, desilusionado pero resistente, los años aciagos me habían templado, concurrí a una entrevista en la trasnoche de Radio Nacional, espacio de varias horas, conducido por los periodistas Guillermo Fuentes Rey y Enrique Garrido, en el que había participado en varias oportunidades. Fui con algunas de mis músicas grabadas en vivo, el disco era prácticamente imposible para mí, pero llevé otras músicas instrumentales para poder hablar de nuevas estéticas internacionales que confluían con mi concepción compositiva y del curso de “Intercambio…”. Fue una madrugada extraordinaria, la charla, con músicas, se extendió más de 2 horas. Entonces me ofrecieron un espacio de una hora y media semanal en la trasnoche para difundir esas músicas desconocidas en nuestro medio. Ese espacio, los miércoles de 1 a 2:30 hs. de la madrugada en vivo, se llamó pomposamente: “Rumbos de la humanidad en la música popular contemporánea” , y fue parte de la programación de la radio hasta la asunción de Julio Marbiz en 1989, como director designado por el menemato, que me despidió.

  Nuestra cuestión es que ese espacio funcionó, teníamos muchas llamadas de músicos y de músicas, y desde allí relanzamos el curso que, en agosto del 85, se consolidó con diez estudiantes muy predispuestos al trabajo creativo y al compromiso con aquella idea nebulosa. Así, los sábados, armamos dúos y tríos, ya en las aulas del Conservatorio que los sábados no funcionaba, el curso anual pertenecía al Dpto. de Educación Permanente de la DGEyE.

  En esa etapa donde la metodología no estaba clara y era remplazada por un entusiasmo colectivo ocupador de nuevos territorios pedagógicos y conceptuales, surgió otro rasgo esencial: dirigir desde la búsqueda de expresividad de lo compuesto y no entrometerse mucho en el lenguaje musical resultante, salvo en casos alarmantes.

  Así, en diciembre de 1985, en la Sala Alberdi, con mi propio equipo de sonido y yo  operándolo, hicimos la primera muestra de composiciones del curso.

  Pasó algo trascendente: un trío expuso una obra llamada “Trilogía mapuche”, me gustó mucho y me hizo reflexionar: mi propia música no respondía a la propuesta estética que intentaba comunicar a los estudiantes.   

  Entonces me obedecí, fui transformando mi música y me acostumbré a ser permeable al conocimiento emergente. El hallazgo de cierta horizontalidad, otro rasgo del perfil pedagógico.

                                                                                                           (continuará)