Hace tiempo la obsesión de los músicos frente a la grabación era no perder la energía, la fluidez, la expresión, la sensibilidad, las complicidades instrumentales y la tensión de la música en vivo.

  Un tiempo en que la música era modelada por la comunicación, a través de varias presentaciones. Luego se grababa.

  Había que sonar –  grabar una señal, así se nombraba al motivo de la obsesión, intensa y natural para modelar, auditivamente, otro tipo de comunicación: el disco.

  Esa señal, que viaja desde líneas y micrófonos hacia la mesa – consola – placa, es nuestra responsabilidad. La señal es la matriz sonora.

  El diseño es la transformación de esa matriz en producto discográfico, y es responsabilidad del técnico o ingeniero de grabación y de los músicos. Y los porcentajes de esa responsabilidad dependen de la claridad y profesionalismo de unos y otros.

  Por eso es más acertado nombrar al técnico o ingeniero como diseñador artístico del audio.

  ¿Por qué artístico? Un buen profesional, los hay, conoce la estética, el perfil sonoro del grupo o solista, las particularidades expresivas individuales y la singularidad del espacio acústico propuesto. Luego su trabajo consiste en registrar y expandir creativamente, con fidelidad, esa realidad. El objetivo del diseño, entonces, es proteger la matriz sonora proyectándola a distintas hipótesis de reproducción, intentando que la calidad, aún variando, soporte la reproducción más rudimentaria.

  Está claro que, también, en ese tiempo hubo discos de estudio. Generalmente se trataba de proyectos musicales de difícil exposición en vivo. Así aparece otro profesional: el realizador tecnológico y/u orquestador, un propositor de soluciones para ideas en estado de relato imaginario. Que muchas veces fue remplazado por el diseñador o por el compositor, con resultados, en general, no muy satisfactorios (según confesiones de parte). Si están pensando en George Martin y los Beatles, aciertan en lo paradigmático de esa confluencia, que incluye el respeto a la soberanía de los compositores.

  Actualmente, cuando un músico o grupo tiene un material comprendido y cohesionado, necesitará siempre a un buen diseñador artístico del audio.

  Si tiene un material a desarrollarse y consolidarse en la grabación, necesitará a un realizador y a un diseñador.

  Pero es usual, lamentablemente, que los músicos no confíen en su material. Puede ser porque éste carece de organicidad básica compositiva y la grabación es prematura (falta de trabajo, hay urgencias incomprensibles). Y puede ser, lo más común, que los músicos intenten formatear su material de acuerdo a las “lógicas de mercado”. En ambos casos aparece una autoridad denominada “productor artístico”. Con intervención a la soberanía permitida con gracia y beneplácito.

  Consejeros de atajos de inserción a la multitudinaria franja de aspirantes al “éxito”.

                                                                                                        Ricardo Capellano