Cuando se habla de libertad en la creación musical ¿Cuál es la idea?

 Supuestamente no se trata de esa noción de “libertad” abstracta y burguesa que siempre se usó para que nos resignemos y aceptemos su imposibilidad.

 Como en el neoliberalismo y en la religión, las promesas de un futuro luminoso ocultan la orden de arrodillarse en el presente.

  Entonces, en música, podemos hablar, en principio y en general, de la libertad en el  marco de las relaciones y condiciones de producción creativa.

  En un extremo, actual, está la angustiante lucha cotidiana por sobrevivir, que implica la ausencia total de libertad. Pero también, mantener condiciones dignas de vida nos puede conducir a optar por salidas laborales musicales alejadas de elegir lo que deseamos. La pérdida de soberanía artística es pérdida de libertad.

  Esta tenaza entre supervivencia y vivencia condicionada  ahoga a la creación artística.

 Hay quienes trabajan de otra cosa y, al mismo tiempo, desarrollan su carrera musical. Claro que requiere mucho más esfuerzo y horas laborales, pero mantienen vivo el sueño mientras construyen la dedicación exclusiva a lo deseado. A veces lo logran, muchas veces no, pero, de alguna manera, son libres.

 Entonces, mantener vivo el sueño inicial de crear música es un primer estado de la libertad.

  Luego está el mercado en sus tres formas. La primera es invasiva: cotidianamente escuchamos un 80% de música que no elegimos. En todos los comercios hay música, los automóviles son bafles reproductores, en bares y cervecerías, en publicidades de radio y tv, en consultorios, en bondis y hasta en plazas con calesita. La incomodidad con el silencio es tal que antes de tocar hay que pasar música. Esto es: un hábitat sonoro autoritario y tóxico.

  La segunda forma es la de los casilleros: para entrar al mercado es oportuno u oportunista optar por un casillero o rubro musical preexistente, garantizando continuidad y familiaridad con formatos y estéticas del pasado, cercano o lejano. Claro que cada compositor puede transitar el camino que desee, pero los atajos son inducidos. Y a menor trayecto de profundización, menor es la libertad.

 La tercera forma es crear mercado construyendo público. Titánica tarea emprendida con éxito por las músicas populares del siglo XX. Las condiciones actuales son distintas, pero la construcción de movimientos creativos con base en concentrar espacios escénicos y en profundizar el uso de las nuevas plataformas tecnológicas y comunicativas es una posibilidad latente. Si hay composición y confluencia, la liberación, como acumulación colectiva de libertades, es posible y es el segundo estado.

  Otra cuestión es la subjetividad liberada. Lleva tiempo, pensamiento crítico e inauguraciones filosóficas, dosis mínimas de egocentrismo, conciencia de época, ceremonias interiores, abandono de la binariedad y una sinceridad trabajada y reflexionada. Se trata de combatir presiones autoimpuestas, como la competencia con los pares, como la sobrevaluada “mirada del otro” o ese sujeto exterior real del que necesitamos aprobación, como la trascendencia histórica, como el reconocimiento público y la evanescente celebridad. Un tercer estado.

  Hacer realidad el sueño creativo infantil o adolescente, inventar, confluyendo, condiciones de comercialización para su desarrollo y profundizarlo con sinceridad y trabajo. Una tríada legítima de libertad, no sólo para nosotros……

  Fundamentalmente, para la música.

                                                              Ricardo Capellano