La estética es el territorio del conflicto entre memoria, contextos, subjetividad, tramas imaginativas y acción creativa.

   En ese conflicto la ideología y el pensamiento artístico se empujan se chocan se raspan se rozan, sin tregua, hacia un equilibrio relativo.

   La ideología puede cambiar al pensamiento artístico y éste puede diversificarla para protegerla del dogmatismo.

   La composición se funda dentro del conflicto y se desarrolla en la búsqueda de equilibrio, inestable.

   Me gusta pensar que desde las tensiones entre el conflicto y el equilibrio emerge una sustancia que nutre el interior de la música.

   Y sé que esa sustancia transforma al lenguaje en discurso musical. Es su sentido, su pulsación, su respiración, su intimidad comunicativa, su singularidad. Su distinción.

   Ese emerger no es casual o mágico, es la consecuencia del diseño dramático del movimiento expresivo de las sonoridades en el espacio acústico y en la dinámica temporal de los momentos.

   Es decir que al ser imaginada y realizada, esa sustancia requiere ser comprendida en profundidad por el compositor. Porque es la esencia de la construcción de un presente escénico único e irrepetible. Por eso es estructural.

   Varios responsables o dueños de salas me han preguntado ¿Por qué camino tanto, ida y vuelta, por los pasillos de camarines o en pequeños patios o habitaciones, antes de comenzar un concierto?

   No es sólo impaciencia.

   Pienso en la música que voy a tocar y, fundamentalmente, en la sustancia que la va a mover.

   Luego, la escena y la función expresiva de transformar esa esencia en la interacción comunicativa.

   Crear un presente, único e irrepetible, para la música compuesta, implica improvisar sobre esa estructura, no necesariamente sobre el lenguaje.

   Modelar, una y otra vez, sustancia, es la virtud de lo escénico.

                                                                                                   RC (abril de 2019)